• Rafael Ortega

Una historia de oro

Actualizado: ene 28

Hace millones de milenios, en nuestra propia galaxia, pero muy lejos de donde nos encontramos ahora, dos estrellas de neutrones giraban en espiral una alrededor de la otra, cada una de ellas con la masa de un sol, pero el tamaño y la velocidad de movimiento de un pequeño planeta.


Cada uno de estos diminutos mundos gigantes, millones de veces más densos que nuestro sol, habían sido producidos, no por la explosión de una mera estrella, sino por una mucho más poderosa supernova. Cada supernova, quemando un fuego nuclear con una densidad de potencia mucho mayor que la de una estrella normal como nuestro sol, había producido además de una estrella de neutrones un auténtico festín de nuevos elementos.


Para los elementos más ligeros que el hierro, esta fusión nuclear liberaba energía; pero para los elementos más pesados que este, como el cobre, la plata y el oro, la fusión nuclear requiere de una entrada de energía neta y densidades de potencia astronómicas. Nuestras supernovas fueron lo suficientemente poderosas como par crear muchos metales, incluyendo cobre y plata, a partir de elementos más ligeros. Sin embargo, no eran lo suficientemente poderosas para crear oro. Para ello hubo que esperar a un evento mucho más vigoroso, y raro.


Nuestras dos estrellas, en curso de colisión desde su nacimiento como supernovas separadas, se iban acercando entre sí. Capturadas por la gravedad de la una y la otra, entraron en una espiral de muerte. Finalmente colisionaron en una inimaginable explosión, desatando una densidad de energía mucho mayor que la de meras supernovas como las que las vieron nacer, billones de veces mayor que si un simple asteroide del tamaño de una montaña golpeara la tierra.


La colisión fue tan intensa que creó un agujero negro y un estallido de luz de altísima energía llamada rayos gamma. Escapando del agujero negro, junto con los rayos gamma, se creó un rocío de nuevos metales, más pesados, que esta vez sí, incluían oro. Esta nube rica en oro en parte se expandió y en parte se fusionó, participando en la subsiguiente formación de nuevos sistemas solares, incluyendo el nuestro.


Debido a esta colisión de tan extrema y rara intensidad, nuestro inusual sistema solar quedó sembrado de metales pesados astronómicamente rarísimos, junto a otros, productos de supernova más comunes, como el cobre o la plata.


Miles de millones de años más tarde, unos primates desnudos evolucionaron cerebros hipertrofiados y manos habilidosas, viviendo en un planeta de este sistema solar escamoteado de oro. Con el tiempo comenzaron a desenterrar el oro y el resto de metales preciosos que pudieron encontrar, y rápidamente identificaron que el metal amarillo era de alguna manera especial, separándolo de la tierra más común.


Quizá producto del inimaginable cúmulo de casualidades y energía que se precisaron para crearlos, los átomos de oro habían adquirido una serie de propiedades naturales que los convertían en un elemento único.


El oro era sólido a temperatura ambiente, a diferencia del mercurio, y era el metal más maleable de todos. No era venenoso, como el plomo, ni reactivo, como los alcalinos. Tampoco era explosivo, como el flúor, ni radioactivo, como el uranio. Era, por supuesto, más raro que las tierras raras. Era fácil de fundir, a diferencia del tungsteno. No demasiado endeble, como el aluminio. No se corroía expuesto al agua, como el cobre, ni se oxidaba, como el hierro. No se sulfuraba, como la plata, y, a diferencia de la mayoría de metales que eran plateados, el oro era dorado y brillaba.


Otros metales más comunes eran más útiles para herramientas concretas; en cambio, estos primates, que se identificaron a sí mismos como humanos, transformaron los metales preciosos en formas tanto repetitivas como únicas, presumiendo de ellos, exhibiéndolos, y almacenándolos como tesoros, riqueza y dinero.


Dieron forma al oro y otros metales preciosos y lo convirtieron en objetos llevables, los transfirieron entre ellos o los robaron, incluso hiriéndose o matándose en su persecución. Usaron el oro para pagarse mutuamente en compensación por estas y muchas otras tropelías. Los utilizaron para satisfacer obligaciones importantes, así como para obtener artículos de uso más directo y obvio. Dado que las obligaciones más importantes ocurrían en algunas de las coyunturas más críticas de su vida -matrimonio, muerte, guerra – el oro, y en menor medida el resto de metales preciosos, como tesoro y como dinero, llegaron a ser muy deseados.


Y todo esto lo hicieron con exactamente los mismos átomos de oro que escaparon de un agujero negro cientos de miles de años atrás. Exactamente los mismos que surcaron los cielos en forma de nubes de metal y terminaron siendo parte de la corteza de su pequeño planeta en ese poco común sistema solar. Exactamente el mismo oro que por siglos fue desenterrado. Los mismos átomos que cambiaron de forma una y mil veces mientras unas civilizaciones subyugaron a otras; que unos y otros convirtieron en monedas, lingotes o joyas. Estrictamente el mismo que fue guardado en bóvedas, se hundió en galeones perdidos en el fondo del mar o utilizamos para decorar nuestros cuerpos.


El mismo oro. Inmutable en el tiempo. Nacido tras un evento de sobrecogedora rareza, de una energía tan brutal que lo hace rozar el límite de las leyes de la física. Los mismos átomos que perderán su forma, pero seguirán siendo ellos mismos, cuando vuelvan a ser nubes de metal viajando por el espacio, puede que, de nuevo por miles de millones de años, cuando nada quede de esos primates con cerebros hipertrofiados y manos habilidosas, ni de la tierra de la que los desenterraron.


Rafa


Valencia

Enero de 2021.


*Este artículo es una traducción y reinterpretación de este otro escrito por Nick Szabo en su propio blog, que trata de la historia del oro y sus distintas aplicaciones a lo largo de la historia, en especial de la interdependencia entre su uso como joyería y como resguardo de valor.

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