Cómo proteger tu cartera de una burbuja tecnológica (sin tener que acertar si la hay)
- Rafael Ortega

- hace 20 horas
- 11 min de lectura
Puede que ya hayas leído la comparación: La inteligencia artificial se parece a la fiebre del ferrocarril del siglo XIX: mucho capital, mucha promesa y mucha vía tendida hacia sitios donde todavía no vivía nadie.
Comparación que suele terminar con esto: la tecnología ganó, muchos inversores perdieron. Punto.
Si una tecnología puede cambiar el mundo mientras arruina a quienes la financiaron, eso tiene consecuencias bastante concretas sobre cómo deberías diseñar tu cartera. Consecuencias que rara vez se mencionan más allá de pasar de puntillas, quizá, sobre lo importante de diversificar, sin concretar cómo hacerlo.
Por si es tu primera vez leyéndome soy Rafael Ortega, gestiono fondos de inversión en Andbank Wealth Management. Trato y llevo años construyendo carteras para futuros que no se pueden leer para inversores sin bola de cristal.
Para analizar este escenario voy a apoyarme en Jim Grant, fundador y editor de Grant's Interest Rate Observer desde 1983. Grant cree que estamos en una de las mayores burbujas de la historia. Veamos por qué.
El diagnóstico
El entusiasmo actual por la inteligencia artificial supera, según Grant, al que hubo con internet y la fibra óptica a finales de los noventa. Los importes comprometidos, incluso ajustados por inflación, son mayores. Y el resultado final depende casi por entero de una sola cosa: si el mundo ha calculado bien cuánta demanda de cómputo va a haber y cuánto capital tiene sentido levantar para servirla.
Cabría esperar que una tecnología que lleva la palabra inteligencia en el nombre casara oferta y demanda mejor que las anteriores. Su lectura es que está pasando lo de siempre. Se construye de más, se piden cosas por duplicado, se compromete capacidad "por si acaso". El espíritu especulativo humano no se domestica con mejor tecnología. A veces la tecnología solo lo azuza.
Hay algo, además, que hace este ciclo distinto de aquel. La propuesta de valor del ferrocarril era trivial: un caballo de hierro que mueve cien veces más carga a diez veces la velocidad. ¿Qué más querías saber? La de la IA es genuinamente desconocida. Resuelve problemas matemáticos que llevaban décadas abiertos y también se inventa cosas con enorme aplomo. Las dos cosas son verdad, y de momento el mercado está poniendo precio a una sola.
Ese es su juicio, que no es el mío. Yo no sé si hay burbuja. Puede que sí y puede que no; dependerá de qué pase a continuación, que es exactamente lo que nadie sabe. He visto a demasiada gente inteligente equivocarse con enorme convicción en las dos direcciones como para tener ganas de ser el siguiente.
1873, 1929 y una tecnología que triunfó demasiado
Empecemos por 1873.
Entre 1866 y 1873 se tendieron en Estados Unidos 35.000 millas de vía nueva. El ferrocarril era ya el mayor empleador no agrícola del país. Casi nada de aquello se pagó con beneficios: se pagó emitiendo bonos, colocados en buena parte entre ahorradores europeos que no habían pisado en su vida los sitios que estaban financiando. Cada tramo se levantaba contra el tráfico que iba a existir, no contra el que existía. Mientras el mercado de bonos siguiera abierto, la rueda giraba sola. Emites, construyes, vuelves a emitir.Pero el mercado de bonos se cerró.
Viena, 9 de mayo. Los inversores europeos, tocados en casa, empezaron a soltar papel americano, y lo primero que soltaron fueron precisamente los bonos de ferrocarriles. La ventana de financiación se estrechó con media industria dependiendo de ella para pagar la emisión anterior.El 18 de septiembre quebró Jay Cooke and Company, el banco que estaba colocando la deuda del Northern Pacific, el segundo transcontinental. Dos días más tarde la Bolsa de Nueva York cerró por primera vez en su historia y estuvo diez días sin abrir.
Quebraron 89 de los 364 ferrocarriles del país, más de cien bancos y unas 18.000 empresas en dos años. En 1876 el paro rondaba el 14%, y la depresión no amainó hasta el final de la década.
Fíjate en lo que no falló. Los trenes siguieron circulando. La demanda de transporte no desapareció. Lo que desapareció fue la posibilidad de seguir financiando lo ya construido, y con eso bastó para llevarse por delante a una cuarta parte de la industria.
Después vinieron décadas de precios a la baja. No un año malo. Décadas.Pero es que además, a la vez, el canal de Suez acababa de abrirse, el vapor sustituía a la vela y el telégrafo conectaba continentes.Las nuevas tecnologías funcionaban, precisamente por eso destruyeron capital. Dejaron obsoleto todo lo que se había construido para el mundo anterior y encima tiró los precios de cualquier cosa que ahora podía llegar más rápida y más barata desde el otro lado del planeta.
Ahora 1929
El Dow Jones Industrial marcó máximos el 3 de septiembre de 1929, en 381,17 puntos. Tocó fondo el 8 de julio de 1932 en 41,22, una caída del 89%. No volvió a ver aquel nivel hasta el 23 de noviembre de 1954, cuando cerró en 382,74.
Veinticinco años. Los ferrocarriles, ya rebautizados como transportes, tardaron todavía más. Su índice no superó el nivel de 1929 hasta 1964. Treinta y cinco años. La tecnología que había construido el país, que había cosido un continente y que seguía moviendo cada tonelada que se movía en América, fue la última en volver.
Y ahora una pequeña nota curiosa para que no me tildes de asustaviejas: En 1955 se escribió el libro más célebre sobre el crash del 29, The Great Crash, de John Kenneth Galbraith. Justo después de que el mercado recuperase máximos tras un cuarto de siglo. Se vendió a espuertas entre lectores que miraban por el retrovisor, aterrorizados por el desastre que acababan de vivir, con uno de los mejores puntos de entrada del siglo delante de las narices.
Es el mismo error de 1929, con el signo cambiado.
La historia del aire acondicionado
Una tecnología no necesita consumir toda la atención y todo el capital del mundo para ser transformadora. El aire acondicionado hizo habitable el sur de Estados Unidos, movió industrias enteras y cambió los patrones migratorios de todo el país. En impacto sobre cómo vive la gente compite de tú a tú con casi cualquier cosa que se te ocurra.
Sus fabricantes cotizaban, en los años cincuenta, a múltiplos que hoy resultarían impensables para una tecnología transformadora. Nadie les dedicó una portada. Nadie construyó una narrativa alrededor. Los empresarios del sector vendieron aparatos, ganaron dinero y cambiaron el mapa de un país.
Si en 1955 le hubieras preguntado a cualquiera por la gran tecnología del momento, te habría hablado de energía atómica. Mientras, la que de verdad iba a mover a millones de personas de sitio estaba en la ferretería, cotizaba barata y no le interesaba a nadie.
Transformar el mundo y ser una buena inversión son cosas distintas, y pueden darse por separado en cualquiera de los dos sentidos.
Así que hay dos maneras simétricas de equivocarse aquí. Comprar la tecnología correcta a un precio que ya descuenta treinta años de ejecución perfecta. O no comprar nada porque recordar/estudiar el último gran desastre te tiene convencido de que "esto ya lo hemos visto". La historia castiga las dos y no avisa nunca de cuál te va tocar a ti.
De la incertidumbre a la cartera, en cuatro peldaños
Los patrimonios se construyen concentrando y se protegen diversificando. Pero la concentración que construye fortunas tiene tres requisitos: El primero, conocer el asunto excepcionalmente bien. El segundo, probablemente corolario del primero, ser capaz de mantenerte invertido durante décadas incluidas las caídas el 50%+ que trae por el camino cualquier historia de concentración. Tercero: tener una pizca de suerte.
Yo no cumplo ninguna de las dos con la IA. Tú probablemente tampoco. Pero no pasa nada porque tu motor patrimonial de verdad, ese donde sí tienes conocimiento excepcional y sí llevas el timón es tu trabajo o tu negocio. Ahí concentras, quieras o no. Cuanto te sientas a mirar cualquier inversión desde la barrera que es tu cartera, lo que estás decidiendo es cómo participar del crecimiento a la par que proteges lo que ya has construido en otro sitio. Dos oficios distintos.
Además, como ahora veremos, buscar retornos altos ya no obliga a concentrar. Hace unos años si, hoy no. Vayamos por partes:
Hacer la pregunta correcta
"¿Es la IA una burbuja?" es una pregunta sobre el mundo. No tiene respuesta fiable, y quien te diga que la tiene te está vendiendo algo.
"¿Qué le pasa a mi patrimonio en cada uno de los finales posibles?" es una pregunta sobre tu cartera. Y esa la puedes contestar hoy, sin adivinar absolutamente nada.
Los finales caben, como todo, en cuatro escenarios económicos: un auge de productividad genuino, una decepción con destrucción de capital, un exceso que acaba resolviéndose por la vía de la inflación, un estancamiento largo y aburrido.
Bájalo a tierra, porque dicho así suena a teoría. Si la IA cumple y dispara la productividad, ganan las acciones y es probable que el oro y los bonos largos te parezcan un estorbo durante años. Si decepciona y el capital comprometido resulta excesivo, caídas largas y profundas justo en lo que más había subido, con los bonos de calidad haciendo su trabajo. Si el exceso acaba resolviéndose con inflación (que es, históricamente, como se han resuelto casi todos los excesos financiados con deuda), sufren a la vez las acciones y los bonos, y el oro deja de ser un estorbo para ser la pieza que sostiene el conjunto. Y si acaba en un estancamiento largo, no brilla nada en particular y lo que te salva es sencillamente no haber concentrado.
Cuatro finales, cuatro ganadores distintos, cero manera de saber cuál toca.
La industria lleva décadas llamando diversificación a repartir entre muchas cosas parecidas que apuntan a un único futuro optimista, que es la versión cómoda de venderla. Un montón de compañías tecnológicas distintas son una sola apuesta macro con muchos nombres. Reducir el riesgo únicamente con renta fija sigue siendo una apuesta a que todo va a salir bien y no tendremos nunca una inflación duradera. Diversificar de verdad es tener piezas que responden de forma distinta al mismo suceso.
Prepararse sin condiciones
Harry Browne montó su cartera permanente para futuros exactamente como este. No porque supiera lo que venía (después de haber acertado la inflación de los setenta concluyó que sus aciertos habían sido suerte), sino porque había visto a mucha gente inteligente equivocarse con enorme convicción.
Pero ojo porque esto también tiene un precio. En una cartera todo terreno que trata de cubrir todo tipo de escenarios siempre hay algo perdiendo. Si la IA cumple todo lo que promete y arrastra a las bolsas durante una década, el oro y los bonos van a parecer un lastre y te vas a sentir tonto en cada comida familiar. Eso no es un fallo del diseño: es el precio explícito del seguro, y va escrito en el contrato desde el primer día. Quien no pueda convivir con eso, mejor que no tenga este tipo de cartera.
Cogestiono con Carlos Santiso MyInvestor Cartera Permanente, el único fondo público que aplica el modelo de Browne en España, así que esto no te lo cuento de oídas. Te lo cuento después de habérselo tenido que explicar a inversores reales en los años en los que uno de los cuatro cuadrantes iba en contra.
Adaptarse sin predecir
Hay tres formas distintas de relacionarse con lo que no se sabe: intentar predecir mejor (la que menos funciona), prepararte para todos los finales sin predecir ninguno (la cartera permanente de Browne), o adaptarte (aunque sea solo parcialmente).
En el mundo de inversión existen estrategias, generalmente en el mundo de inversión con futuros, que reaccionan sistemáticamente a los que va ocurriendo en los mercados. Algunos ejemplos de esto están en las versiones sistemáticas de seguimiento de tendencias, carry o macro que se reposicionan según lo que va ocurriendo, sin que nadie tenga que opinar sobre nada. Si el capital sale del ciclo de la IA durante años, la tendencia lo registra sin que ningún gestor lo haya anticipado. Y si entra, también. Un sistema de tendencia no tiene opinión sobre la inteligencia artificial; tiene reglas sobre precios, y las aplica igual de fría un martes que otro.
La combinación de 2 y 3 es a lo que llamo inversión todo terreno.
El miedo a quedarte fuera
Una de las objeciones que más veces me han planteado cuando hablo de cartera permanente: "vale, entiendo lo de diversificar, me gusta la idea de cartera permanente, pero es que en mi caso, por X, quiero/necesito/puedo permitirme asumir más riesgo".
Pues si, la cartera permanente tiene “la pega” de que es conservadora, pero la tecnología también llega al diseñoo de carteras. A día de hoy, gracias a la proliferación de vehículos que incorporan o permiten aplicar return stacking puedes mantener tu exposición básica (tus acciones y bonos) y añadir diversificadores adicionales, en vez de pagarlos vendiendo lo que tienes.
No es magia y no es gratis. Usa derivados, cuesta comisiones, y duele igual cuando le toca sufrir. Con esos riesgos encima de la mesa, es la mejor respuesta que conozco a esa objeción, y me parece que todos deberían de al menos estudiarla en vez de fingir que no existe. Incluso puedes crear una cartera todo terreno y elegir cómo de arriesgada quieres que sea, sin que deje nunca de estar equilibrada y ser todo terreno. Diversificación, sin sacrificio. Pero eso es otra historia.
Lo único que sabemos con certeza
La etiqueta de burbuja es ahora mismo un pronóstico/opinión, y las opiniones de la gente lista también fallan. Esto es un hecho: hay una cantidad enorme de dinero apalancado descansando sobre convicciones que pueden ser ciertas o pueden no serlo, pero que desde luego no son ciertamente ciertas.
Entre lo que puede ser verdad y lo que es seguro que lo es está toda la diferencia entre una cartera y una apuesta.
Puede que la IA transforme el mundo. Probablemente lo hará. Los ferrocarriles también lo hicieron, y el vapor, y el telégrafo. Y los almacenes de Londres, levantados con el mejor ladrillo de la época para una ruta que dejó de existir, siguieron en pie décadas enteras, vacíos, mientras sus dueños se preguntaban qué habían hecho mal.
La pregunta nunca fue esa.
Preguntas frecuentes
¿Es la inteligencia artificial una burbuja?
Es una pregunta sin respuesta fiable, y hay inversores serios en ambos lados. Históricamente, tecnologías genuinamente transformadoras como el ferrocarril han coincidido con destrucciones enormes de capital para sus accionistas. La pregunta útil para un inversor no es si hay burbuja, sino qué le ocurre a su cartera en cada desenlace posible.
¿Por qué una tecnología puede triunfar y sus inversores perder dinero?
Porque son dos apuestas distintas. El ferrocarril transformó la economía mundial y a la vez provocó quiebras masivas, por sobreconstrucción y por precios de entrada que descontaban un crecimiento perfecto. El éxito de la tecnología y el retorno del accionista pueden divergir durante décadas: el índice de transportes de Wall Street no superó su nivel de 1929 hasta 1964.
¿Cómo se protege una cartera de una burbuja tecnológica?
No identificándola a tiempo, que casi nadie lo logra, sino manteniendo activos que respondan de forma distinta a cada escenario económico. Es el principio de la diversificación estructural: cubrir escenarios en lugar de intentar acertarlos.
¿Diversificar significa renunciar a la subida?
En una cartera tradicional cada euro solo puede estar en un sitio, así que añadir diversificadores implica vender otra cosa. El return stacking permite mantener la exposición básica y superponer diversificadores encima, con sus propios riesgos asociados.
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Sobre el autor
Rafael Ortega Salvador es gestor de fondos de inversión senior en Andbank Wealth Management, donde lidera la gestión de River Patrimonio FI, River Global FI y el proyecto Return Stacked Portfolios, además de cogestionar MyInvestor Cartera Permanente. Es autor del libro Estrategias de Diversificación Estructural y creador del podcast The Offroad Investor.
Descargo de responsabilidad
Los vehículos y carteras gestionados por el autor pueden estar invertidos en los activos o estrategias mencionados, pero no han tomado posiciones en valores aludidos en los cinco días hábiles bursátiles anteriores ni posteriores a la fecha de publicación, ni estos suponen más del 5% del patrimonio de ninguno.
Este contenido es educativo e informativo, no constituye asesoramiento de inversión ni una recomendación de compra o venta de activos.

