Cómo un ingeniero acabó gestionando 160 millones de euros en una Cartera Permanente
- Rafael Ortega

- 29 may
- 10 min de lectura
Cuando empecé a interesarme por la inversión, ningún banco en España me supo hablar de la Cartera Permanente. Ni la conocían. Hoy gestiono junto a mi socio Carlos Santiso los únicos fondos españoles (y europeos) que la implementan, con más de 7.000 partícipes detrás.
Me he decidido a escribir sobre esto para contar cómo por el camino me equivoqué en algo importante —tanto que estuve a punto de no lanzar nunca el fondo que más éxito acabaría teniendo— y porque ese error explica mejor que cualquier folleto cómo funciona de verdad esto de gestionar el dinero de otros. Contado en orden, además, se entiende algo que en un folleto no cabe: a la Cartera Permanente llegué por eliminación, como lo que quedó en pie después de ir descartando todo lo demás.
Este no es un artículo sobre por qué la Cartera Permanente funciona. Eso ya lo he contado en otros sitios y te dejo los enlaces al final. Es la historia de cómo llegué a ella, de por qué no la ofrecía nadie en España, y de lo que aprendí intentando convencer al mercado de algo que el mercado, en realidad, ya sabía. Algo que he comentado de pasada en alguna entrevista pero que hoy voy a contar en más detalle.
Lo cuento, también, porque creo que importa saber quién hay al otro lado de un fondo donde dejas tu dinero. Si te interesa, todo lo que he escrito sobre inversión está reunido por aquí. Aquí va lo que hay detrás.
Sin interés en la inversión
Soy ingeniero de formación. Los mercados nunca me llamaron la intención así de primeras. No hay aquí la anécdota del chaval que compraba acciones a los quince años, ni una vocación temprana por la bolsa. Llegué a la inversión tarde y por necesidad, que probablemente es la peor razón para llegar a casi todo y la mejor para tomárselo en serio.
Mi plan era otro. Empecé encaminado hacia la consultoría; era la dirección que pensaba seguir. Y entonces, hacia 2011, una crisis concreta del sector en el que se movía un pequeño negocio familiar me obligó a parar y volver a casa para echar una mano. No hace falta entrar en detalles: fue un asunto de familia y un mal momento para ese sector, las dos cosas a la vez. Pensé que sería temporal, que en cuanto se enderezara volvería a lo mío. Nunca volví.
El negocio salió adelante. No era escalable ni espectacular, pero era rentable: generaba algo más de lo que gastaba. Y ese pequeño excedente no era dinero para jugar. Era el colchón de una familia que acababa de ver lo deprisa que se tuercen las cosas cuando un sector entero se cae. Con él apareció un problema que muchísima gente conoce y casi nadie sabe resolver. No es el problema de no tener dinero. Es el otro, el que da menos pena pero quita igual el sueño: vale, ¿y ahora qué hago con esto?
La ronda por los grandes bancos
Hice lo que haría cualquiera: pedir cita en mi banco. Y luego en el otro. Y alguno más. Las típicas entidades comerciales más grandes del país, las que todos tenemos en la cabeza.
Salí de aquellas reuniones más confundido de lo que entré. Lo que me ofrecían eran soluciones precocinadas, opacas y complicadas de una forma que no parecía casual. La sensación de que cuanto menos entendía yo, mejor para el producto que tocaba colocar ese trimestre. Ninguna de las dos conversaciones arrancó por la pregunta más obvia del mundo: qué quería conseguir con ese dinero y, qué necesidades tenía. Empezaban por el producto y trabajaban hacia atrás.
Tardé en darme cuenta de que el problema no eran los bancos.
El problema era que en España no existía una conversación pública sobre cómo proteger un patrimonio ya acumulado. Sobre qué hacer con un dinero que tanto cuesta reunir cuando ya no quieres jugártelo, pero tampoco quieres verlo derretirse poco a poco con la inflación. Esa conversación no estaba en ningún sitio. Yo no era un caso raro: era el síntoma de un hueco.
Así que hice lo único que podía hacer. No tenía formación financiera, pero tenía tiempo y un problema concreto que resolver. Y me puse a estudiar por mi cuenta. Sin academia, sin máster, sin un currículo que alimentar, porque entonces no estudiaba para vender nada: estudiaba para no equivocarme con lo mío.
Cómo llegué a Harry Browne
A través de un conocido llegué al Value Investing, de ahí supongo que por internet a la indexación. Bogle, los fondos índice, toda la evidencia sobre lo mal que se nos da a los humanos predecir los mercados. Esa parte la compré entera y la sigo comprando. Los datos son tozudos y dicen justo lo contrario de lo que vende la industria.
Pero había algo que no me encajaba. El discurso de la indexación pura venía con una letra pequeña: "eres inversor a largo plazo, así que ignora las caídas del 50%". Y a mí, con la situación familiar tan reciente, esa frase no me servía. Si todo mi patrimonio hubiera estado en renta variable y hubiera llegado una caída del 50% en el momento equivocado, no habría sido un susto pasajero: habría sido un problema de verdad. Las caídas del 50% son teóricas hasta que dejan de serlo.
La solución de manual —una cartera más equilibrada, con más bonos— tampoco terminaba de convencerme. Los bonos también caen. Y caen mucho, en términos reales, cuando aparece la inflación. Las carteras de toda la vida tenían un agujero conceptual que nadie me explicaba.
Y entonces, no sé muy bien cómo pero supongo que a través de Brownhead y/o Antonio Rico, llegué a uno de los libros de Harry Browne, Fail-Safe Investing. La idea me golpeó por lo sencilla que era. Para cada uno de los grandes escenarios económicos posibles existe un activo que se beneficia. Si los combinas con cabeza —los cuatro escenarios económicos que cubre una cartera bien construida—, da igual lo que pase: siempre hay algo funcionando, y los ganadores compensan a los perdedores. Browne había diseñado algo más que una cartera: había diseñado una forma de no depender de adivinar el futuro.
Lo que me convenció no fue una promesa de rentabilidad. Fue el track record conceptual, de décadas, y una honestidad filosófica que no había visto en ningún lugar. Una propuesta que no me pedía adelantarme a los acontecimientos y que asumía la incertidumbre como punto de partida y no como excusa. Simple, replicable, conservadora. Deliberadamente aburrida.
Donde la industria me vendía emoción —fondos de moda, temáticas, la última gran idea—, Browne ofrecía justo lo contrario: una cartera que no necesitabas mirar todos los días y que no olvidaba nada (como a mi juicio si hacía una cartera Bogle). Cuando di con ella, Browne llevaba ya más de tres décadas contándolo. La filosofía no tenía nada de nueva. Lo nuevo —lo increíble, en realidad— era que en España no la ofreciera nadie.
De resolver mi problema a hacerlo en público
El razonamiento que vino después fue casi aritmético. Si yo necesitaba esto y no lo encontraba, lo más probable es que hubiera mucha más gente en mi misma situación. Y si ningún competidor lo abordaba, el hueco no era pequeño.
Ahí dejé de pensar en volver a la consultoría. Decidí que esto iba a ser lo mío: estudiar para los demás lo que había empezado a estudiar para mí, y hacerlo en serio, con la regulación y las credenciales que hacen falta para gestionar dinero ajeno. La ausencia de competencia, que parecía una buena noticia, cortaba en realidad por los dos lados. Tenía el campo libre, sí. Pero no tenía a nadie delante demostrando que alguien estaría dispuesto a pagar por aquello. Era a la vez la mejor señal y la más incómoda.
Así comencé a trabajar con Tressis como agente, lo que permitió después que pudiera lanzar River Patrimonio. Pero lo más importante es que empecé a escribir. Primero un blog (que no leía nadie), luego participaciones en foros y Twitter, finalmente una comunidad en Telegram que arrancó con cuatro gatos y hoy reúne a más de 2.000 personas. Esto ha terminado por ser clave porque la comunidad creció antes que los productos. Diría que toda la gama de productos y servicios actual ha ido creciendo con la comunidad, son consecuencia de la comunidad. Hemos construído una conversación, y la gente que se ha sentido identificada con ella y se ha ido sumando ha sido la que ha permitido que hoy se peuda invertir así.
Por el camino he descubierto que el inversor que llega fresco a esta conversación —sin haber leído antes a Buffett, sin haber empezado por el value, sin haber pasado por la indexación más dogmática— entiende la Cartera Permanente a la primera. Le ve el sentido enseguida.
La persona que se acercaba no era el especulador de foro buscando el próximo diez por uno; era principalmente el profesional, el autónomo o el jubilado que había juntado un patrimonio con esfuerzo y quería no perderlo por el camino. Es el inversor "ya formado" el que arruga la nariz ante el 25% en oro. El sesgo no lo tiene quien llega en blanco. Lo tiene quien llega con la biblioteca tradicional puesta, o por lo menos sin ganas de ir mas allá de esta.
A punto de no hacerlo
Cuando llegó el momento de montar un fondo, me dije algo que sonaba muy razonable: "la Cartera Permanente es tan simple que: '¿Quién va a pagar por un producto que la implementa?'".
Tampoco es que esto fuera un error. River Patrimonio es un buen fondo, encontró a su gente y hoy gestiona unos 18 millones de euros. Podemos decir que es, además, la semilla que me llevo a seguir investigando y terminar desarrollando la familia de carteras de Return Stacked Portfolios de la que ahora forma parte. Todas más sofisticadas —inspiradas en la misma filosofía, pero con más herramientas— funcionando también estupendamente para quien quiere ir más allá de los cuatro activos. La sofisticación, bien hecha, tiene todo el sentido del mundo.
El error fue dar por hecho que nadie pagaría por algo simple, así que por poco no la ofrezco nunca como fondo.
Ahí me equivoqué de lleno. Subestimé al inversor que llegaba sin formación previa pero con la cabeza clara, ese que entendía la Cartera Permanente a la primera y la quería tal cual, sin adornos. Subestimé que la sencillez -también en una implementación en un solo click- es, en sí misma, la propuesta de valor: que un fondo te dé exactamente lo que dice que da, y ni un gramo más, es un beneficio enorme. Y sobreestimé al inversor formado tradicionalmente, al que creía que iba a seducir, sin contar con que arrastra tantos sesgos heredados de sus lecturas que lo filtra todo a través de ellos.
El desenlace lo resume bien lo que pasó cuando por fin lanzamos un fondo de Cartera Permanente puro y barato, en el verano de 2020. Heredó el nombre Kronos -el nombre de un fondo fallido anterior del que aprovechamos la carcasa- y rápidamente se convirtió en el un éxito en cuanto a crecimiento. En 2022 unimos fuerzas con el proyecto de Carlos Santiso —también de Cartera Permanente—, y un poco antes habíamos pasado a llamarnos MyInvestor Cartera Permanente lo que aprovechó el tirón del propio MyInvestor para estar el escaparate de la mayor fintech española. Hoy hay cerca de 160 millones de euros confiados a esa estrategia entre el fondo y el plan de pensiones, más de 7.000 partícipes.
La lección: el mercado no paga por complejidad porque sí; paga por cosas bien explicadas y bien implementadas, sean simples o sofisticadas.
La Cartera Permanente pura demostró que un producto radicalmente sencillo, hecho con honestidad, puede tener una demanda enorme. Las carteras más sofisticadas que vinieron después lo demuestran desde el otro lado: la sofisticación funciona cuando es genuinamente útil y, casi siempre, cuando el inversor ni siquiera la ve —el rebalanceo disciplinado, la fiscalidad bien resuelta, los costes contenidos—. Lo que no se sostiene -al menos con un inversor medianamente crítico- es la complejidad que está ahí solo para justificar una comisión. La base de todo, lo que vino primero y sobre lo que descansa el resto, sigue siendo Browne.
Por qué cuento todo esto
No lo cuento como una historia de superación. No la hay. Es una historia de un tipo que volvió a casa por obligación, se topó con un problema y tiró del hilo más tiempo del que pensaba que lo haría. Lo cuento porque habrá a quien le importa saber algo más de quién hay detrás de un sitio donde se confía dinero y por si hay alguna lección para alguien por aquí escondida.
Pero al final el motivo de escribir los artículos que publicamos tanto aquí como en Return Stacked Portfolios es la convicción de que la mejor protección para un inversor no es el algoritmo, ni el rebalanceo automático, ni siquiera el fondo. Es entender qué tienes en cartera y por qué lo tienes. Por eso escribo. Por eso nuestras webs pecan de tener más artículos para aprender que páginas para comprar. Y por eso me he tomado en serio explicar también lo que cuesta mantener una cartera diversificada cuando lleva tiempo sin lucir, que es la parte fea de nuestra forma de invertir.
Fue el inversor, el mercado de inversores, quien me enseñó a mí lo que quería, no al revés. Yo había hecho mis cálculos sobre lo que la gente pagaría, y la gente vino a corregirlos.
Sigue leyendo
Si lo que cuento aquí te ha interesado, lo más útil que puedes hacer ahora es entender la idea desde cero:
Cómo funciona la Cartera Permanente paso a paso — la guía completa, sin la historia personal de por medio.
Las 17 reglas de Harry Browne para invertir con seguridad — los principios que están detrás de toda esta filosofía.
Más sobre mi — mi página de autor, por si quieres la versión larga de cómo pienso la inversión.
¿Quieres ponerlo en práctica?

Si la filosofía detrás de la Cartera Permanente te convence, puedes implementarla hoy mismo. MyInvestor Cartera Permanente es el fondo que aplica este modelo desde 2020: sin mínimo de inversión, 100% online, casi 150 millones de euros bajo gestión y miles de inversores que ya forman parte.
¿Hablamos?
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Sobre el autor
Rafael Ortega Salvador es gestor de fondos de inversión senior en Andbank Wealth Management, donde lidera la gestión de River Patrimonio FI, River Global FI y el proyecto Return Stacked Portfolios, además de cogestionar MyInvestor Cartera Permanente. Es autor del libro Estrategias de Diversificación Estructural y creador del podcast The Offroad Investor.
Descargo de responsabilidad
Los vehículos y carteras gestionados por el autor pueden estar invertidos en los activos o estrategias mencionados, pero no han tomado posiciones en valores aludidos en los cinco días hábiles bursátiles anteriores ni posteriores a la fecha de publicación, ni estos suponen más del 5% del patrimonio de ninguno.
Este contenido es educativo e informativo, no constituye asesoramiento de inversión ni una recomendación de compra o venta de activos.

